La sociedad de las extravagancias

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02 May La sociedad de las extravagancias

Fuente: Rafael Gómez Pérez para Aceprensa

Extravagante viene de extra-vagare, que es ir fuera de lo acostumbrado, normal o usual. Por eso mismo llama la atención. Si veo por la calle a un policía con un gorro de cocinero, pienso que es extravagante.

Hay muchos tipos de extravagancias. Unas son festivas, inocuas, de simple diversión. Otras superan el límite de lo inocuo y se ven ridículas. Otras pueden tener resultados trágicos (como el balconing) o de creciente descrédito de la política.

Nunca es fácil señalar lo peculiar de una época, pero hay suficientes indicios de que la nuestra es muy proclive a una variada gama de extravagancias. Eso se debe, a su vez, a una tendencia hacia lo desmesurado, hacia la exageración.

Constante cultural

La extravagancia no es una invención de esta época. Su posibilidad es algo connatural al ser humano y es muy probable que se haya dado siempre, excepto en circunstancias duras y trágicas, como las guerras, o en sociedades que subsisten en el límite de la supervivencia. Apenas se sale de la necesidad, hay tendencia a la extravagancia.

Sucede, sin embargo, que en otras épocas, la extravagancia estaba circunscrita a periodos de tiempo determinados y limitados, en las que se permitía el exceso. Fiestas de este tipo las ha habido en casi todas las culturas estudiadas en antropología. En nuestra cultura, una fiesta así ha sido tradicionalmente el Carnaval. Lo que llama la atención de nuestra época es que ese Carnaval parece durar todo el año, principalmente en los fines de semana.

Como otras tendencias o modas, el gusto actual por la extravagancia viene principalmente del mundo anglosajón a través, sobre todo, de la mentalidad de los récords Guinness. Algunos de estos récords son rarezas naturales (la col más grande) o precocidades (el niño más joven que toca bien el piano) o alardes más o menos divertidos (el bocadillo más grande del mundo); pero otros son de una extravagancia especialmente extraña, como las uñas más largas (8 metros 65 centímetros), la piel más estirada (15, 8 centímetros) o la pareja que se ha casado más veces, 83…

Extravagantes para que se hable

Hoy, gracias a las redes sociales, todo el que quiera puede presentar su imagen y, teóricamente, podría recibir cientos de miles de visitas. Pero pronto se cae en la cuenta de que hay que llamar la atención y la mejor forma de hacerlo, se piensa (y se hace) es siendo extravagante. Tiene que presentar algo inusual, inédito, no visto: eso es difícil porque con tanta imagen subida, son inevitables las repeticiones.

En el fondo no es otra cosa que el viejo tópico de “que hablen de uno, aunque sea bien”. Eso quizá ha llevado a la Academia del Nobel a dar el de literatura a Bob Dylan: una extravagancia, pero ha ocupado más titulares y ha dado lugar a más opiniones y comentarios que si lo hubieran dado al japonés Haruki Murakami, eterno favorito.

Aceptación social

La razón de fondo de que la extravagancia se acepte con tanta facilidad es que en no poca gente se ha abierto camino la ilógica del disparate. Por el efecto imitativo, que es uno de los principales motores de la acción humana, hacen lo que ven hacer. A la menor ocasión, no solo la gente joven sino incluso ancianos, se ponen a hacer tonterías públicamente en los bautizos, en las primeras comuniones, en las despedidas de solteros, en las bodas, en el Carnaval, en Halloween, en Nochevieja… Hay una especie de implícita competición para ver quién hace lo más extravagante.

Gracias sobre todo al móvil-hace-todo, esas escenas son grabadas (es más, parece que se hacen para ser grabadas) y lanzadas a la red, con la esperanza de que se hagan virales. Niños y niñas, desde muy temprano, aprenden a grabar de sí mismos imágenes más o menos insólitas, y a colgarlas en Instagram.

Si hay algo que resume la simplificación que se ha operado en nuestra cultura, es ese “me gusta” que nos invita a expresarnos sobre casi todo con fácil improvisación.

Acostumbramiento

Si las extravagancias llaman cada vez menos la atención es porque se han hecho frecuentes. Lo que un principio era extraordinario, si se repite, parece algo corriente. Admitida la ilógica de lo extravagante se tiende a esperar que muy pronto habrá otro hecho del mismo tipo. Y, puntualmente, ocurre.

Es un fenómeno que tiene cierto parecido con las modas. Al principio, una moda del vestir se presenta como algo distinto, inusual, casi siempre con cierto carácter de provocación. Pero cuando la moda es seguida mayoritariamente, deja de ser llamativa y se convierte en moda en sentido estadístico, es decir, en lo que tiene mayor frecuencia en una distribución de datos o hechos.

Sucede, sin embargo, que el acostumbramiento a lo extravagante, cuando se trata de sucesos graves o trágicos, trae consigo una cierta insensibilidad y, lo que es más preocupante, un olvido del deber ser.

Es claro que, como el cumplimiento del deber ser, de la norma moral, depende de la libertad, no está asegurado que se dé ni siempre ni, según las épocas, en la mayoría de los casos. Pero el deber ser ha sido entendido crónicamente como lo mejor hacia lo que hay que tender, sean cuales sean los fallos de hecho. Lo extravagante rompe esa tendencia y atomiza de tal modo el comportamiento humano que cualquier hecho queda justificado en sí mismo, sin referencia a nada más.

Lo desmesurado atrae a una parte de la gente porque da espectáculo y se necesita el espectáculo público para combatir el aburrimiento de quienes no saben distraerse por sí solos. “Desmesurado” quiere decir que no se vive la medida justa. Pero cuando se rompe la medida, una de cuyas formas es la ley y otra los hábitos de buena educación, se introduce una confusión de los roles. El payaso hace un gran trabajo, porque sus extravagancias están previstas, como también sus fines: el entretenimiento y la diversión. Pero cuando los políticos hacen payasadas contribuyen a desacreditar el régimen democrático a través de la dictadura de la extravagancia.