Colegios Mayores: La Universidad vivida

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01 Nov Colegios Mayores: La Universidad vivida

Conferencia en el Congreso Español de Colegios Mayores (Pamplona, 10 de septiembre de 2004)

Alejandro Llano

 

Hace ahora unos cincuenta años, el filósofo alemán Karl Jaspers escribió un artículo que en su día fue muy leído y comentado, pero que hoy casi nadie recuerda. Se titulaba “El doble aspecto de la reforma de la Universidad”.

La primera de esas dimensiones es la vertiente organizativa, estructural, de los necesarios cambios que han de introducirse en la institución universitaria. De eso sabemos todos mucho. Uno ya no recuerda cuántos planes de estudios se han sucedido en los últimos decenios. Aún no se ha desarrollado plenamente uno de ellos, cuando ya viene el siguiente a pisarle los talones. Sin ir más lejos, cuando todavía no nos hemos repuesto de la aritmética de los créditos, y del galimatías de las asignaturas troncales, obligatorias, optativas y de libre configuración, ya está experimentándose el modelo de Bolonia. (Por cierto que los profesores de esa Universidad italiana lamentan que les haya tocado a ellos el mochuelo de dar nombre al problemático proyecto de configurar un “espacio universitario europeo”). Éste es el primer aspecto de la reforma de la Universidad, según la distinción de Jaspers. Y ya vemos que su carácter es, por lo menos, ambiguo.

 

La segunda dimensión, en cambio, se refiere –en palabras del pensador existencialista– a “esa fuerza espiritual básica, sin la cual serían inútiles –perjudiciales incluso- todas las reformas de la Universidad”. Se trata del meollo mismo de esta institución, de su razón de ser, de su propia alma. En este medio siglo, tal médula de la Universidad ha sido casi por completo postergada. ¿Quién habla hoy del amor a la verdad, de la libre transmisión del saber, de la libertad académica, de la formación cultural de las personalidades jóvenes? Todo eso ha pasado al archivo de la historia, sofocado por el barullo de la burocracia y del mercantilismo. El interno latir de la Universidad se ha visto sofocado por el afán de reglamentarlo todo y por la idea de que la calidad de la educación depende de los medios materiales de los que se disponga.

 

En una palabra, lo que le sobra hoy a la Universidad es organización. Lo que le falta es vida. Y esa languidez vital tiene mucho que ver con los problemas de fondo que hoy afectan a los Colegios Mayores. Porque esta invención de la Universidad medieval y renacentista tuvo la fortuna de incidir en la pulpa misma de la vida universitaria, en la que llegó a desempeñar un papel decisivo. Pero este carácter, que entonces constituyó una gran oportunidad, parece que hoy se ha transformado en una desventaja, ya que los Colegios Mayores se encuentran al margen de la estructura organizativa de una Universidad que cada vez se parece más a las administraciones públicas, aunque su deseo –más o menos confesado, y nunca alcanzado- es mimetizarse con las empresas mercantiles. Y, sin embargo, los Colegios Mayores tienen actualmente más vigencia que nunca, justo porque pueden aportar lo que más falta le hace a la comunidad académica, aunque no lo sepa (o precisamente por ello). Ortega y Gasset, en la primera mitad del siglo pasado, calificó a la Universidad de “cosa triste, inerte, opaca, casi sin vida”. Y es precisamente esa vida que en ella languidece la que los Colegios Mayores pueden contribuir a que brote de nuevo con pujanza, con creatividad, con capacidad de innovación. Porque lo nuevo, que es de lo que la Universidad debe ocuparse, sólo puede surgir de la inteligencia humana. Mr. Google, por el contrario, no nos podrá decir nada que no se sepa ya.

 

De ahí que, en mi opinión, el ámbito en el que se mueven los Colegios Mayores sea el de la Universidad vivida. Y ése debe ser, pienso, el horizonte de trabajo de quienes hoy dirigen un Colegio Mayor. Su mayor preocupación no ha de consistir en ser mejor tratados por las autoridades civiles o académicas. Bien entendido que es conveniente tener buenas relaciones con todos. Y que el respeto y la ayuda a las iniciativas ciudadanas no es un favor que nos hacen. Representa un imperativo de la justicia y de la libertad cívica. Constituye, si acaso, una condición necesaria, pero –desde luego- no suficiente.

 

Un Colegio Mayor puede ofrecer hoy la insólita posibilidad de que los estudiantes que en él residen – o que lo frecuentan – descubran que la Universidad es mucho más que una máquina de dar clases, calificar exámenes, expender títulos, y lanzar al mercado profesionales insolidarios y ambiciosos, o simplemente futuros parados. La Universidad es una aventura del espíritu, una forjadora de personalidades libres, una descubridora de lo nuevo, un remanso de convivencia culta.

 

Convivencia culta: en estas dos palabras se concentra la esencia institucional de los Colegios Mayores. Y pueden representar el hilo conductor para repensar los valores que en ellos se han de fomentar. Valores – es decir, bienes y virtudes – que están relacionados con la búsqueda conjunta de un modo de vida potenciado por el conjunto de hábitos teóricos y prácticos que integran ese estilo de ser fecundo y lúcido al que llamamos “cultura”.

 

La clave para la comprensión del perfil de los Colegios Mayores estriba en no considerar aisladamente los valores de la convivencia, por una parte, y los valores de la cultura, por otra. Porque una convivencia que no estuviera modulada por la cultura sería una mera co-existencia, mientras que una cultura individualista no pasaría de ser una barbarie más o menos civilizada.

 

El valor que mejor expresa tal imbricación entre cultura y convivencia viene a ser, según me parece, la amistad. De ella decía Aristóteles que es “lo más necesario de la vida”. Y, desde luego, resulta imprescindible para que haya vida universitaria y, en general, una vida digna de ser vivida. Se ha dicho, con razón, que hay una única desgracia: estar sólo. Expresado de manera positiva: un elemento constitutivo de la vida lograda es la compañía benevolente y afectuosa de otras personas a las que quiero y por las que me dejo querer. En este mundo, puedo prescindir de casi todo, pero no puedo vivir sin amigos. Al menos, no me resulta posible llevar una existencia a la altura de la condición humana, la cual –en uno de sus aspectos más radicales- consiste en la conversación, afectuosamente correspondida, con otros hombres y mujeres a quienes trato y por quienes soy tratado en pie de igualdad. El amigo es otro yo. A través de él, mi libertad se entrelaza con otras libertades. Adquiere una resonancia dialógica, y me hace capaz de adquirir el saber y de forjar mi temple ético. Ya no se oye sólo mi propia voz o su eco electrónico. Otras vidas, otras voces, llenan mi vida. Y la plenitud existencial resulta imposible sin intentar vivir la vida de los demás y sin dejar que los demás vivan mi propia vida, que así se refracta y se potencia; porque –como también decía Aristóteles- lo que puedo a través de mis amigos es como si lo pudiera yo mismo. Con-vivo la vida de los demás y ellos viven también con la mía. El poeta Pedro Salinas acierta plenamente cuando sitúa la alegría más alta –la excelencia vital- en “vivir en los pronombres”. ¡Qué extraordinaria experiencia la de des-vivirse por los demás! Y -otra vez Salinas- “¡qué dicha da vivir sintiéndose vivido!”.

 

Todo esto parece obvio y, sin embargo, resulta extraordinariamente arduo de llevar a la práctica. Es más, me atrevería a decir que experimentamos actualmente una crisis del valor de la amistad, lo cual constituye uno de los motivos de la “implosión” de la institución universitaria. Habitamos un mundo insolidario y agresivo, en el que la benevolencia se interpreta como debilidad, y la generosidad como un cálculo equivocado. Esta frialdad tecnocrática y burocrática no queda compensada por tanto sentimentalismo vacuo o patológico como llena hoy el monótono mundo del “entretenimiento”. Como puso de relieve Husserl en su último libro, La crisis de las ciencias europeas, el objetivismo cientificista y el subjetivismo antropocéntrico no son más que las dos caras de una misma moneda, las dos manifestaciones de un modo de pensar desarraigado del mundo vital, es decir, de la fuente de sentido olvidada.

 

En un Colegio Mayor no basta con alabar el valor de la amistad. Es preciso enseñar a vivirlo.  Pero, al tratarse de una virtud, no se puede transmitir de manera teórica. El único modo de difundir la amistad es la empatía o, por utilizar una expresión de René Girard, el “contagio mimético”. Parafraseando a un clásico de la literatura castellana, podríamos decir: pon amistad donde no hay amistad y encontrarás amistad.

 

Las personas capaces de salir fuera de sí, quienes mayor capacidad tienen para querer y ser queridas, son las fiables, congruentes y sólidas. Y no olvidemos que la confianza no es algo que se pueda exigir de otros. La confianza se inspira sin pretenderlo. Y quien inspira confianza tiende a ser seguido por los demás: estamos ante lo que hoy se llama un “líder”. A los jóvenes no hay que manipularlos, ni adularlos: a los jóvenes hay que quererlos. Y como, en el mundo de los adultos, encuentran a muy pocos que de verdad les aprecien por ellos mismos, tienden a poblar los espacios nocturnos y a habitar – como dice Lustiger – “fuera de la ciudad”.

 

Evidentemente, la confianza no excluye la vigencia de unas reglas de comportamiento que facilitan el saber a qué atenerse en la convivencia. Las normas de la buena educación y del respeto hacia los demás son una expresión de la atención a la dignidad humana. La puntualidad, el orden, la corrección en el atuendo, el pudor, la limpieza… son virtudes de la convivencia, recientemente recordadas en un libro magnífico sobre las buenas maneras, titulado precisamente Manieren, del que es autor el etíope Asfa-Wossen Asserate. Nobleza obliga. Quien no lo entienda, no debe acusar a los demás de rigidez o autoritarismo, sino reconocer que él mismo o ella misma no poseen la sensibilidad suficiente para darse cuenta de que la vulgaridad nunca merece alabanza.

 

En medio de los acontecimientos de la rebelión estudiantil en torno a 1968, le pregunté al maestro Jesús Arellano, Catedrático de Filosofía de la Universidad de Sevilla, qué consideraba él esencial para la vida universitaria. Su contestación fue inmediata: “trabajo y comunicación”.

 

De la comunicación hemos hablado hasta ahora. Para recalcar su importancia, bastaría advertir que los enemigos de la Universidad siempre han tratado de cortar la comunicación entre estudiantes y profesores. De ahí que sólo entiendan la relevancia de los Colegios Mayores quienes de verdad valoran los bienes de los que cuida el Alma Mater. La desconfianza, la sospecha, la crítica sistemática… son actitudes que conducen a la mutua destrucción y, en último término, a un nihilismo que hoy día ya no es el nihilismo trágico, al estilo de Nietzsche, sino un nihilismo banal, propio de la dispersión consumista.

 

El trabajo es el otro gran cimiento de la Universidad vivida. Trabajo que se hace estudio, aprendizaje, enseñanza e investigación. Es una labor ardua y gustosa, cuyo objetivo es el descubrimiento y transmisión de lo nuevo, al servicio de esa gran tarea que es la educación. Kant decía que, en filosofía, rige la ley del trabajo: hay que ganarse un patrimonio con esfuerzo. Y esto vale para todas las actividades humanas esenciales. Y de una manera especial, para el aprendizaje de los saberes. Las recetas de la “educación activa”, en sentido trivial, de la autoayuda o de la ciencia adquirida “sin esfuerzo”, han conducido a un fracaso educativo sin precedentes y a un descenso espectacular de la calidad de la enseñanza.

 

 Pero siempre está abierta la posibilidad de mejorar, de remontar una cadencia descendente. Sólo esto no hay que esperarlo de instancias externas y anónimas. Esto lo hemos de hacer nosotros. Y nadie lo hará por nosotros, mejore que nosotros, si nosotros no lo hacemos.

 

 Un Colegio Mayor es una institución en la que se enseña a convivir y a trabajar. No se puede trabajar bien si no se ama el trabajo. La palabra “estudio” significa precisamente afición al conocimiento, deseo de saber, amor a la sabiduría. El Fausto de Goethe, obra anticipadora en tantos aspectos, expresa el interno desgajamiento entre amor y conocimiento que nuestra época sufre: “Gris es la ciencia y verde el árbol de la vida”. Pero no, no es cierto que la vitalidad tenga una raíz irracional, ni que el saber riguroso deje el alma helada. Tendríamos que recordar que en el lado opuesto de la actitud fáustica se encuentra la clásica virtud de studiositas, tan lejana de la curiosidad afanosa como de la tibia superficialidad. Lo importante no es que las chicas y los chicos estudien mucho en sus años de Universidad, sino que lleguen a ser estudiosos, aficionados al saber, deseosos por dilatar cada vez más el horizonte de sus conocimientos, sin limitarse a un campo cada vez más reducido, sin caer en esa barbarie del especialismo, para la que la generosa imagen del árbol de las ciencias no es más que una metáfora vacía de sentido.

 

El ambiente fundamental de un Colegio Mayor es el del silencio y la alegría del estudio fecundo. El valor de la fecundidad se encuentra por encima del actual culto a la eficacia. La fecundidad es generadora de nuevas fuentes de actuación. No muere en sí misma: se expande con la generosidad de la misma vida, porque el paradigma de la fecundidad es precisamente un modelo vital. Por el contrario, la mera eficacia responde a un paradigma mecánico, que no va más allá de los objetivos calculados, aunque por ello mismo suela provocar con demasiada frecuencia daños colaterales o efectos perversos.

 

¿No seremos capaces de redescubrir ese emocionante y prometedor fenómeno que es la juventud estudiosa? Chicas y chicos devorados por el afán de saber más, de preguntarse acerca del porqué de las cosas y de los acontecimientos. Tendríamos que creer en la posibilidad de crear semilleros de inquietudes intelectuales y culturales, en los que la preparación de unas asignaturas no represente el límite de las preocupaciones de quienes están llamados a romper barreras y abrir sendas inexploradas. Todo lo cual no es posible sin el diálogo entre los propios estudiantes, y entre alumnos y profesores. Estamos siempre en lo mismo: trabajo y comunicación. En cualquiera de nuestras Universidades hay unos cuantos profesores – no muchos tal vez – que son auténticos maestros, que han incorporado un conocimiento que es el fruto del trabajo de años. Con frecuencia están deseando comunicarlo y no encuentran jóvenes verdaderamente interesados en algo más que en obtener una buena calificación y, quizás, una destacada situación profesional. Al reparo de la publicidad y de ese conjunto de equívocos que constituye el prestigio o la fama, los Colegios Mayores ofrecen un ámbito de conversación culta que deja su huella imborrable en la inteligencia de los jóvenes estudiosos. Se aviva así en ellas y en ellos el deseo de encontrar maestros, de hallar orientadores que les ayuden a dar los primeros pasos en su propia peripecia científica, humanística o técnica.

 

Los maestros de todas las épocas han dejado plasmada la huella de su sabiduría en los “grandes libros”, tanto antiguos como actuales. La afición a la lectura es un hábito que garantiza la continuidad del aprendizaje universitario durante toda la vida. Porque, como señala bellamente Marcel Proust, la lectura es la amistad silenciosa y tranquila. El amor a los libros es muestra de fuerza interior y de finura de espíritu. Decía Carlyle que una Universidad es una buena biblioteca. La existencia de una buena biblioteca en el Colegio Mayor es muestra de que quienes lo dirigen saben apreciar los valores de la educación intelectual. Poco importa la mayor o menor acogida que tenga la inversión –siempre relativamente pequeña- que se haga en libros, aunque sea a costa de algunos entretenimientos, adminículos deportivos o equipamientos informáticos. En este punto, como en todos los demás, es preciso apostar por los bienes reales, por los auténticos valores, con relativa independencia de su aceptación por parte de una sociedad que, en gran medida, parece haber optado por la inmediatez del placer y del éxito. Frente a la vulgaridad de espíritu, la única medicina que se ha descubierto a lo largo de siglos es la educación liberal, es decir, aquélla que no busca utilidades inmediatas de tipo material o económico, sino que atiende a la formación de las personas a través del trato asiduo con la verdad, el bien y la belleza. Comprendo –y experimento todos los días- que este programa no tiene una gran fuerza publicitaria. Pero eso no es lo que más importa. Aunque no sea “políticamente correcto” decirlo, lo cierto es que los Colegios Mayores son de suyo –como la propia Universidad- una institución minoritaria, por más que tal minoría esté de hecho compuesta por suficiente número de jóvenes como para no dejar ninguna plaza residencial libre.

 

Ya en Platón –y especialmente en los diálogos Gorgias, Protágoras y República (libro I)- se encuentra, expuesta diáfanamente, la contraposición entre una filosofía del poder y una filosofía de la educación. Quien apuesta por el poder tiene casi asegurada la victoria a corto plazo, pero su fracaso es -a la larga- seguro. Los que confían en la educación, en cambio, suelen encontrar la  indiferencia, e incluso el desprecio, como respuesta inmediata. Pero tienen todas las de ganar, porque no confían en la influencia mecánica, sometida al principio de inercia, sino en la capacidad de autopotenciación de la vida, cuya interna energía tiende a prevalecer. Hay una dinámica del espíritu, cuyas leyes no son meramente cuantitativas, sino cualitativas; no tienen que ver con la extensión, sino con la intensidad; no apelan a causas que empujan, sino a valores que atraen. La virtud típica de quienes se adhieren a la filosofía de la educación es la esperanza, que es preciso no confundir con un superficial optimismo. No hay esperanza donde no existe la incertidumbre del logro. Pero, como diría también Platón, se trata de “un bello riesgo”.

 

La cultura es cuidado, cultivo del espíritu. No aporta simplemente un ornato, un abigarrado conjunto de complementos decorativos. Se refiere al perfeccionamiento humano de la persona. Lo cual presupone que los seres humanos no somos algo ya hecho, un suceso cumplido, una cosa mostrenca. Las mujeres y los hombres nos movemos en la línea de la futurición, siempre a la espera de algo mejor, porque –como decía Fernando Inciarte- nunca somos plenamente lo que somos. De modo que siempre nos encontramos al filo de un fracaso que no se refiere a dimensiones sectoriales –de carácter social, profesional, político o deportivo- sino que abarca a la persona entera.

Es el riesgo de la “incultura”, de la cerrazón del corazón y de la inteligencia, de la cosificación interior, del fetichismo ante el dinero, el poder, el placer o la influencia.

 

El Colegio Mayor es un punto de ignición cultural. No se trata, obviamente, de organizar muchas de las así llamadas “actividades culturales”, dirigidas a una audiencia indiferenciada. Aunque los Colegios Mayores juegan un papel de catalizadores del arte y del pensamiento en la comunidad social en la que se insertan; papel que, por cierto, rara vez se les reconoce. La dinámica típica del Colegio Mayor es la de los “pequeños grupos”, en los que se caldea el afán de comprender y de crear, se cuestionan los propios puntos de vista y se escucha atentamente lo que los demás dicen. La emergencia de estos círculos de jóvenes galvanizados por sus preocupaciones intelectuales, sociales, religiosas, científicas o artísticas, suele tener en su base la actividad callada de una “agitadora” o un “agitador”, que busca interlocutores y se reúne con ellos a las horas más insólitas y en los lugares menos previsibles, para hablar de derecho concursal, globalización multiculturalista, instalaciones plásticas, demografía europea, música prebarroca, lógica matemática, literatura postcolonial, teología narrativa o física cuántica. No faltará quien piense que to do eso no es más que una pérdida de tiempo. Desde luego, se está perdiendo el tiempo desde el punto de vista de la eficacia. Pero, desde la óptica de la fecundidad, se trata de un tiempo formidablemente ganado.

 

Es en pequeños grupos como se aprende a dialogar, a gozarse en ver la propia opinión refutada. Quien busca seriamente la verdad debe tratar de hacer su propia posición vulnerable, lo cual sólo es posible si –además de saber hablar- se sabe escuchar. La atención al lenguaje, a la expresión precisa y cuidada, es un rasgo típico de la educación liberal. Los años universitarios deben ser, de modo muy relevante, un tiempo dedicado también al dominio de la propia lengua. Desde luego, deberíamos estar prevenidos frente a la mediocridad que implica el programa de las tres íes, propuesto por Sergio Berlusconi para la educación en Italia: “inglés, informática, impresa”.

 

Con esto no intento propugnar un planteamiento de la vida colegial que tuviera como objeto labrar primorosamente el pedestal de una cultura elitista. Porque, como dijo en esta misma Aula Magna San Josemaría Escrivá, Fundador de la Universidad de Navarra, la institución académica no puede vivir de espaldas a ninguna inquietud, a ninguna seria preocupación humana. La responsabilidad social ha de constituir una actitud inseparable de los auténticos universitarios, en quienes hay que despertar una honda inquietud por ayudar a los más pobres, entre los que suelen encontrarse los extranjeros y emigrantes. No basta con una solidaridad proclamada. Ya que los valores no son simplemente temas de conversación o expresión puramente ideal de las propias preferencias. Los valores, en rigor, son bienes operativos o prácticos cuya realización depende del logro de las correspondientes virtudes que, a su vez, están orientadas por leyes que radican en la propia naturaleza humana y son trasunto del designio de Dios para los hombres.

 

Lejos de fomentar una especie de pasivismo esteticista, el Colegio Mayor ha de ser una escuela de humanismo cívico. Porque la esfera pública –especialmente en una democracia- no es patrimonio de los administradores, de los burócratas y de los tecnócratas, sino que su buen encaminamiento incumbe a todos los ciudadanos. La libertad personal no puede realizarse plenamente en el reducido cerco de la actividad privada, familiar o profesional, sino que debe tener siempre una proyección social. Yo no me siento libre porque me dejen hacer de mi capa un sayo dentro de mi casa y en mi oficina o despacho. Yo realizo cabalmente mi libertad si soy capaz de colaborar con otros ciudadanos para sacar a delante iniciativas que mejoren la calidad de las relaciones interpersonales y sociales. Sólo esta vinculación del ámbito político con la vida de las personas reales y concretas –a través de las comunidades sociales emergentes- permite que la vida pública no esté sometida a intereses más o menos turbios que acaban por conducir a una drástica desmoralización de la sociedad. Y no hay que esperar a que las administraciones públicas, los poderes económicos o los grupos de influencia mediáticos permitan que los ciudadanos realicen libremente sus iniciativas. La libertad no puede ser otorgada, sino que ha de ser conquistada por sus propios protagonistas. Siempre he pensado que no hay más libertades que las que uno se toma. Y esas libertades hay que tomárselas de una vez por todas. Si es necesario, ejerciendo el coraje cívico, valor del que andamos tan necesitados por estos pagos. A ver si, de una vez, se hace realidad lo que cantaba Miguel Hernández: “Nunca medraron los bueyes / en los páramos de España”.

 

Si me permiten una evocación personal, les diré que de mis tiempos de Colegio Mayor recuerdo sobre todo este aspecto al que me acabo de referir. Eran los años sesenta y comienzos de los setenta, cuando nuestro país se encontraba en un momento de cambio profundos, que muchos querían ignorar y otros manipular ideológicamente. Algunos de mis amigos y yo, tanto en Madrid como en Valencia, gastamos muchas horas –nocturnas sobre todo- en lo que llamábamos “conspiración leal a la república”, porque no estábamos al servicio de ningún interés de parte, ni buscábamos perjudicar a nadie. Nos movía, aunque parezca mentira, el patriotismo, la democracia y la ética pública; y –¿por qué no decirlo?- el afán de aventura y la comezón de estar en el turbión de las nuevas realidades políticas que entonces se gestaban. Como es obvio, no eran muchos los que comprendían aquel planteamiento. Lo cual condujo a la prisión a algunos de nosotros y a todos nos supuso sufrir no pocas incomprensiones y amenazas. Pero aprendimos lo que nadie nos podía enseñar y maduramos aceleradamente, hasta el punto de que alguien nos definió como “niños con preocupaciones de adultos”. (Algunos universitarios me parecen hoy adultos con preocupaciones de niños).

 

No se trata, evidentemente, de acelerar artificialmente la maduración de las chicas y de los chicos que hoy frecuentan las aulas, cuya obligación más obvia es disfrutar de la alegría de vivir propia de los años mozos y reírse sanamente del mundo y, en primer lugar, de ellos mismos. Porque es una gran verdad lo que Unamuno recomendaba: “Desconfía, hijo mío, de las personas serias. Porque el que no saber reírse de sí mismo es tonto de remate”. Se trata más bien de que ellos mismos estén empeñados en la formación de su carácter. El carácter es el temple personal e inconfundible que confiere a cada persona un peso propio y le impulsa a dejar su impronta en todo lo que emprende.

No es una desazón por conseguir la “originalidad”, sino la inquietud por lograr la “originariedad”, es decir, la autenticidad. “Llega ser el que eres”, decía Píndaro. Lo cual no es una fatalidad, porque lo originario – según indicó Schelling – es aquello que no se puede prever ni siquiera desde las propias posibilidades. De ahí que Píndaro dijera: “Llega a ser el que eres” y no “Llega ser el que puedes ser”.

 

Todo lo cual se puede sintetizar en un breve apólogo que Ernst Jünger relata en su obra Radiaciones:

“Un adolescente acudió en otro tiempo a un viejo eremita y pidió una regla para vivir de acuerdo con ella. El eremita le dio esta respuesta:

– Aspira a lo alcanzable.

El adolescente le dio las gracias y le preguntó si sería inmodestia el pedirle todavía una segunda frase, como viático suplementario para el camino. Entonces el eremita añadió este otro consejo al primero:

– Aspira a lo inalcanzable”.

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